Durante años, la inclusión digital se ha asociado principalmente con el acceso a internet, la disponibilidad de dispositivos y el aprendizaje de habilidades informáticas básicas. Todo ello continúa siendo necesario, pero ya no es suficiente.
A medida que la búsqueda de empleo, la formación, las prestaciones sociales y los trámites administrativos se trasladan a entornos digitales, aparece una nueva forma de desigualdad. No afecta solamente a quienes carecen de conexión, sino también a quienes tienen un teléfono móvil o un ordenador, pero no consiguen convertirlos en herramientas útiles para resolver sus necesidades.
Una persona puede acceder a una convocatoria y no entender sus requisitos. Puede encontrar una oferta de empleo y no saber si cumple el perfil. Puede disponer de experiencia profesional y, sin embargo, no ser capaz de explicarla adecuadamente en un currículum. También puede abandonar una solicitud porque el procedimiento le resulta confuso o porque teme equivocarse.
En todas estas situaciones, la dificultad tecnológica termina convirtiéndose en una limitación para la autonomía.
Una nueva generación de inclusión digital
La inteligencia artificial puede reducir parte de esa distancia. Puede explicar un texto administrativo con palabras más sencillas, ordenar los pasos de una solicitud, comparar los requisitos de distintas ofertas o ayudar a una persona a identificar las capacidades que ha adquirido a lo largo de su vida laboral.
También puede colaborar en la preparación de un currículum, proponer mejoras en una carta de presentación, simular una entrevista o sugerir itinerarios de formación relacionados con una determinada experiencia profesional.
El cambio más importante no reside en hacer las mismas tareas con una herramienta diferente. Reside en ampliar la capacidad de las personas para comprender, preguntar, aprender y decidir.
Alguien que antes dependía completamente de otra persona para interpretar una convocatoria puede llegar a una sesión de orientación con preguntas más precisas. Quien no sabía cómo comenzar un currículum puede preparar una primera versión y aprovechar mejor el acompañamiento profesional. Una persona con dificultades para expresarse por escrito puede transformar su experiencia en un relato comprensible sin ocultar ni inventar sus capacidades.
Pero este potencial no aparece de manera automática. Entregar una herramienta y esperar que cada persona aprenda a utilizarla por su cuenta puede generar una nueva brecha entre quienes saben formular preguntas, comprobar respuestas y proteger sus datos, y quienes aceptan cualquier resultado porque desconocen sus limitaciones.
La inclusión digital basada en inteligencia artificial necesita acompañamiento. Requiere enseñar a preguntar, revisar, corregir y desconfiar cuando sea necesario. También exige explicar que una respuesta convincente puede ser incorrecta y que las decisiones importantes deben contrastarse con profesionales y fuentes oficiales.
De aprender herramientas a recuperar capacidad de acción
Un programa de inclusión digital no debería comenzar mostrando aplicaciones. Debería comenzar escuchando qué necesita resolver cada persona.
Para alguien desempleado, el objetivo puede ser identificar ofertas adecuadas y presentar mejor su experiencia. Para una persona mayor, comprender una comunicación administrativa o preparar una consulta. Para un joven, descubrir opciones formativas y construir un primer perfil profesional. Para una persona migrante, interpretar documentos y familiarizarse con un entorno institucional desconocido.
La tecnología cobra sentido cuando se aplica a estas situaciones concretas. Por eso, los itinerarios deberían combinar acompañamiento humano, ejercicios prácticos y resultados que puedan observarse. No bastaría con registrar cuántas personas asistieron a una actividad. Habría que comprobar cuántas comprendieron mejor una información, completaron una gestión, prepararon un documento útil o fueron capaces de repetir el proceso con menos ayuda.
Esta perspectiva también transforma el papel de las entidades sociales y de los servicios de orientación. La inteligencia artificial puede descargar algunas tareas preparatorias, pero no reemplaza la relación de confianza, el conocimiento del contexto ni la valoración profesional. Su función es permitir que el tiempo de acompañamiento se dedique menos a resolver dificultades mecánicas y más a escuchar, orientar y tomar decisiones junto a la persona.
La privacidad debe formar parte del aprendizaje. No toda la información personal puede introducirse en cualquier herramienta. Un programa responsable debe enseñar a reconocer datos sensibles, anonimizar documentos, utilizar entornos adecuados y comprender para qué se emplea la información compartida.
También debe evitar una idea peligrosa: que toda persona tiene que adaptarse sin condiciones a la digitalización. Las administraciones y las organizaciones continúan teniendo la responsabilidad de ofrecer canales accesibles, lenguaje claro y atención humana. La inteligencia artificial puede facilitar el acceso, pero no debe convertirse en una excusa para eliminar alternativas.
Fundación Emprende entiende la innovación como un proceso de desarrollo de capacidades. La experiencia acumulada en empleo, inclusión, emprendimiento y aplicación práctica de la inteligencia artificial muestra que los resultados aparecen cuando se trabaja con problemas reales, se respeta el ritmo de las personas y se acompaña cada aprendizaje hasta convertirlo en una capacidad utilizable.
La oportunidad no consiste solamente en enseñar a usar inteligencia artificial. Consiste en ayudar a que más personas puedan comprender sus opciones, relacionarse con las instituciones, acceder a oportunidades de empleo y participar con mayor seguridad en una sociedad cada vez más digital.
Ese debería ser el criterio para evaluar cualquier iniciativa: no cuántas herramientas se han utilizado, sino cuánta autonomía se ha conseguido generar.
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